29.12.10

Itinerarios sacerdotales: Testimonios de tres sacerdotes


En el colegio teutónico de Santa Maria dell'Anima (Roma)
"Apóstol de Jesucristo, por voluntad de Dios" (Ef 1,1)
El Pontificio Instituto de "Santa María dell´Anima" comprende la Iglesia de los católicos de lengua alemana, y, anexo a ella, se encuentra el Colegio de sacerdotes conocido como Collegio Teutonic di Santa María dell´Anima. La iglesia cuenta ya con una historia de más de seiscientos años. Se cree, como fecha probable, que su fundación fue en 1350, una primera mención se encuentra en la bula de Bonifacio IX, en la que cita como fundadores al matrimonio Johannes Peters y Katarina. La fundación fue erigida en alabanza de la Virgen bajo el título de Beatae Mariae animarum, y era un hospital destinado a personas que pertenecían al Sacro Imperio Romano Germánico. El 21 de mayo de 1406, el Papa Inocencio VII lo declaró exento de la jurisdicción parroquial y municipal y lo puso bajo la protección de la Santa Sede. En 1859, Pío IX creó, coma anexo a la iglesia, el hasta hoy existente Colegio para sacerdotes de lengua alemana, dedicados al estudio. Aunque hoy los estudios de los presbíteros son variados: biblia, liturgia, derecho, catequética, psicología, historia de la Iglesia... el estudio predominante, con una larga tradición, es de Derecho canónico y práctica curial.
Hoy día, el Colegio cuenta con 20 alumnos, la mayoría austríacos y alemanes, aunque también hay estudiantes 
foráneos como un servidor.

El colegio teutónico depende de la Conferencia Episcopal Alemana y Austriaca. De hecho, el cargo de rector y vicerrector lo ocupan siempre un austriaco y un alemán, haciendo notar esta doble dependencia. Por tanto, cuando el rector es un austriaco, como sucede ahora, el vicerrector debe ser un alemán, y viceversa. Actualmente el rector es el austriaco, Mons. Franz Xaver Brandmayr, el vicerrector, el alemán, Hermann Backhaus y, el "curado", el bávaro Ralf Heidenreich.
Las tres cometidos principales de la fundación pontificia son la atención espiritual de los residentes en Roma de lengua alemana, la acogida y atención de los peregrinos de lengua alemana y la dirección del Colegio para sacerdotes.
Estamos en un colegio, pero no debemos olvidar que hay una comunidad alrededor, y por lo tanto, también una parroquia, que celebra las grandes fiestas litúrgicas; los sacramentos de la iniciación cristiana; la unción de los enfermos; bodas y funerales. Una comunidad que ofrece las catequesis de primera comunión y confirmación; charlas sobre la biblia; catequesis de adultos; grupo de jóvenes; etc., en definitiva, todo lo que podemos encontrar en cualquiera de nuestras parroquias de Cataluña.
La vida de este colegio es como la de cualquier otro en Roma. Podemos distinguir tres elementos que ritman sus días: la vida de piedad, de estudio y de esparcimiento.

La vida de piedad
Cada día hay misa a las 7 de la mañana y a las 6 de la tarde, y, cada día diferente, un sacerdote, estudiante, preside la Eucaristía. Por las mañanas, las lenguas de las celebraciones eucarísticas son: los lunes, miércoles, viernes y sábados en lengua alemana; el martes, siempre, en italiano, y el jueves, siempre, en latín. En cambio, las Eucaristías de la tarde, a las 6, son todas en alemán para los fieles, residentes y peregrinos de esta lengua que llegan a Roma. Antes de la Eucaristía, cada día, se reza el santo Rosario a las 5,30 de la tarde y media hora antes hay confesiones que los propios sacerdotes de la casa atendemos cada uno un día diferente.
El domingo se celebra la Eucaristía, con toda la comunidad alemana, con una iglesia que se llena hasta los topes, y con una liturgia bellamente celebrada, normalmente presidida por el rector, y concelebrada por el vicerrector, el sacerdote encargado de la iglesia (el curado) y todos los sacerdotes estudiantes y sacerdotes peregrinos.
Cada día a las 12.50 se reza la hora menor en la iglesia principal; la sexta, en el idioma en que se ha celebrado la misa. Además, los jueves, por la noche, a las 8.30, se hace la exposición del Santísimo. Media hora de silencio, piedad, y deseo de Dios en medio de cantos, adoración, bendición, y un canto final a la Virgen. Cada semana un sacerdote diferentes preside las vísperas en medio de la comunidad. Un sacerdote músico, Cristian Göbel, se encarga de introducirnos los salmos para cantarlos, previo ensayo. Entonces viene la homilía, con predilección por el evangelio del domingo, y al final el canto a la Virgen dell'Anima.

Los estudios
Todos los estudiantes somos sacerdotes, por tanto, cada uno, según lo que haga, licenciatura o doctorado, tiene un plan muy determinado por su propia Facultad. Los estudiantes de Santa Maria dell'Anima, estudiamos en las siguientes universidades: la Salesiana, la Santa Croce, la Gregoriana, la Lateranense, San Anselmo, el Antonianum, y el Pontificio Instituto Oriental. Estamos aquí para estudiar, por lo tanto, es necesario que cada uno confeccione y compagine los estudios con el plan de vida de la casa, para no convertir el colegio en un hostal. Por tanto, en esta casa todos aportamos un tono que favorece la vida de familia, a la hora de las comidas, los encuentros litúrgicos, el esparcimiento..., siempre.
 

El esparcimiento y la vida en el Colegio
El esparcimiento es puntual, se reparte a lo largo del día. Las comidas nos ayudan: los desayunos son la parte más enigmática del día, cada uno desayuna a horas diferentes, desde las 7.30 a las 9 de la mañana. Se come a las 13 horas y se cena a 19,30. Tenemos ratos muy intensos en las conversaciones de la mesa. Por otra parte, para mantener una buena relación entre nosotros, el colegio prepara dos tipos de viajes: el interno y lo externo. El interno: durante el año por adviento y cuaresma se hacen dos retiros espirituales fuera de Roma. El externo: a principios y finales de curso, iniciamos y clausuramos el curso con dos viaje por Italia para conocer este bello país, su cultura y tradiciones.
A continuación he buscado el testimonio de dos compañeros del colegio, un austriaco y un alemán, para explicar su vivencia sacerdotal y el sentido de este año para sus vidas. Después añado el mío.

Mn. Peter Schwan
Soy natural de un pueblo del sur de Alemania que se llama Saarlant, de la diócesis de Trier, nací allí hace 33 años. Gracias a las propuestas de mi rector y, en especial, del vicario parroquial, para ir un día a hacer ejercicios espirituales, vino la llamada a ser sacerdote. Por supuesto, a partir de ese momento, empecé a hacer pequeñas colaboraciones en la parroquia que, poco a poco, me hicieron madurar el deseo de convertirme en sacerdote al servicio de la Iglesia. Así mismo, a través de corversaciones con el vicario, las catequesis, y la confesión frecuente, un día, siempre lo recordaré, di el primer paso para entrar en el seminario. Era el día 8 de octubre de 1995. Una vez acabados los estudios en el seminario, ordenado y con algún tiempo de trabajo pastoral en una parroquia, me enviaron a Roma a hacer el Doctorado en derecho canónico. Estoy aquí desde 2006.
Para mí el año sacerdotal que estamos celebrando constituye una preciosa y privilegiada ocasión para entender de nuevo –y profundizar– el valor y el sentido de mi vocación sacerdotal.
Por otra parte celebramos el 150 aniversario de la muerte de san Juan Mª Vianney, conocido como el santo cura de Ars. El Papa Benedicto XVI ha unido la inauguración del año sacerdotal con este aniversario. Un servidor, como he dicho antes, es natural de un pueblo muy cercano a la frontera francesa y veo como mucha gente hace, cada año, un viaje para ver el cuerpo incorrupto del santo rector y encomendarse a él.
En san Juan María Vianney contemplo un modelo ardiente de amor, de un sacerdote ocupado por la salvación de las almas a través de todos sus actos sacerdotales. Es la enseñanza de la doctrina cristiana; la celebración de los sacramentos de la eucaristía y la confesión, a la que dedicó tantas horas, lo que me hace preguntarme sobre mi comportamiento como sacerdote al servicio de Dios y de la Iglesia. En su comportamiento pastoral encuentro caminos válidos para hoy por ser sacerdote allí donde el obispo tenga a bien enviarme.
Ya me he decidido a ir de peregrino a Ars el verano de 2010, a visitar la ciudad de Ars y pedir su ayuda para ser un buen y santo sacerdote.
Estamos, pues, en un año sacerdotal (2009-1010) donde los sacerdotes deberíamos saber dar gracias por este don y por este detalle del santo Padre. Él quisiera recomenzar –junto con noaltres– la consideración y la contemplación de la gracia del sacerdocio.
Es pues un gran motivo para dar gracias a Dios y podrá ser una ocasión formidable para renovar también la gracia de nuestra ordenanación cuando el jueves santo, en la Misa Crismal, renovaremos las promesas sacerdotales.
Pido, al igual que el Santo Cura de Ars, a la Virgen, Madre de la Iglesia, que me ayude a ser un sacerdote totalmente enamorado de Cristo, siguiendo el ejemplo de este modelo sacerdotal.

Mn. Thomas Huber
Si alguien me pidiera escribir mi vida en pocas palabras, le llevaría a las palabras que dice San Pablo a los cristianos de Corintio, porque de alguna manera resumen mi vida pasada y será aún el eje de mi camino sacerdotal: "Por la gracia de Dios soy el que soy" (1 Cor 15, 10).
Sabiendo que todo es gracia de Dios, busco explicar la historia de mi vocación brevemente para dar testimonio de la 
grandeza del Señor, en este año sacerdotal.

Nací en Austria, en un pequeño pueblo junto al lago de Costanza que se llama Höchst, en una familia católica pero no practicante. Tengo un hermano tres años mayor que yo.
Para poderme hacer amigo de un vecino empecé a hacer de monaguillo después de mi primera comunión. Con 9 años, mi párroco, que era un hombre sabio y con una gran alma sacerdotal, me encargó las llaves de la iglesia, porque nuestro sacristán se jubiló. Desde ese momento empecé a ocuparme en cada minuto de mi tiempo libre para las cosas de la iglesia. Entonces hice el camino escolar, para empezar la profesión de tapicero. Después decidí hacer un año de servicio social en una residencia para ancianos de mi parroquiano, y fue allí, cuando el mismo párroco me hizo una pregunta: "Thomas, ¿no has pensado nunca en ser sacerdote?" Esa pregunta tocó mi corazón hasta el fondo, porque por primera vez alguien había expresado lo que siempre sentía y esperaba mi interior, pero que yo mismo escondía a los demás y me escondía a mí mismo. Entonces, con su ayuda, entré en el seminario para completar el bachillerato y luego el año propedéutico.
Completados todos los estudios me presenté al obispo que quiso mandarme a Roma para hacer mis estudios filosóficos y teológicos. He estudiado 5 años en la Universidad de la Santa Croce y vivía en el Colegio Internacional Sedes Sapientiae. En mayo pasado, fui ordenado sacerdote en mi diócesis de Feldkirch. Después he dado mis primeros pasos como vicario en una parroquia de 15 mil personas.
Ahora me encuentro de nuevo en Roma para completar mis estudios. Estoy haciendo la licenciatura en liturgia en la misma universidad donde hice los primeros estudios, pero viviendo en el Collegio de Santa María dell'Anima.
En resumen, puedo decir que es una verdadera gracia haber sido ordenado sacerdote y celebrar, si Dios quiere, este primer año dentro del año sacerdotal que estamos viviendo.

Mn. Xavier Romero
Para cerrar este artículo, quiero evocar mi vivencia vocacional, y los 10 años de servicio en la Iglesia de Solsona como sacerdote. Soy natural de Gironella, comarca del Berguedà y sacerdote del obispado de Solsona. Al acabar los estudios en el Seminario Interdiocesano de Barcelona, me mandaron a hacer la licenciatura en teología catequética, en San Dámaso (Madrid). Luego me destinaron a Cervera, como vicario, seis años, y tres años más de Párroco en Vilanova de Bellpuig y Preixana. Y ahora me encuentro en Roma terminando el doctorado en teología catequética en la universidad Salesiana.
El curso 1986-1988 hice el curso de confirmación con el resto de compañeros de mi pueblo. Fue de verdad una experiencia importante en mi vida. El catequista era seminarista, de vocación tardía, experimentado, que cuidaba mucho los encuentros semanales: preparaba bien las catequesis; nos ofrecía encuentros de oración; buscaba que todos hiciéramos alguna tarea de voluntariado durante la semana; propiciaba los encuentros con los catequizados. En definitiva, me parecieron unos años de confirmación buenísimos. En un encuentro personal, el segundo año de catequesis, me propuso, como un punto de lucha personal, rezar por las vocaciones sacerdotales, y mirar si el Señor me llamaba a seguirle en este camino. A partir de ahí, comenzó un proceso de discernimiento de la vocación.
La primera fase de este discernimiento comenzó en ratos de oración personal breves: donde me daba cuenta de que no me acababa de fiar de Dios como padre, porque pensaba más en los obstáculos personales y en mis pobres capacidades (humana, intelectual, experiencial) que en la ayuda que Dios me podía dar.
Entonces, una vez cambiado el seminarista, me decidí a buscar un sacerdote para que me hiciera el acompañamiento espiritual. Lo encontré. Era un sacerdote mayor, jubilado en una residencia de ancianos. Me escuchó, y me dijo, después de pensar un poco que contara con él. iQué bien pueden hacer los sacerdotes mayores, aunque ya estén jubilados!
El sacerdote me hizo entender que era necesario que entrara en un camino de conversión, que yo no acaba de entender, porque lo reducía –en aquellos tiempos– a estar sólo en gracia de Dios. Me hizo ver que la conversión iba más allá de estar en gracia de Dios, era la conversión de aspirar –parafraseando el evangelio– a cualquier privilegio tal y como divisaban los hijos de Zabadeu. Era la conversión a dejar de lado el ser más que... o tener más que... tal como el mundo consumista nos invita: si no tienes o eres, ino vales nada!
Este mismo sacerdote mayor me dio el ejemplo de Juan Bautista: "conviene que él crezca y que yo disminuya". Un día me dijo: yo soy como una vela que se acaba y quiero dejarte en manos de una vela más joven. Me presentó un cura joven de Barcelona, capellán de la prelatura del Opus Dei, que no tenía pereza de subir, cada 15 días, a Prats de Lluçanès a dar charlas a chicos un tanto revoltosos. Yo me apunté. Valía la pena: hacíamos salidas, convivencias, círculos de formación... En fin, me acompañó con paciencia; con charlas de tú a tú; ayudándome a entender la filiación divina; haciéndome ver el sacramento de la penitencia como el sacramento de la alegría; a pensar menos en mí, a fiarme de Dios y servir a los demás, hasta que llegó un día que dije, como una primavera que reclama los primeros brotes en la naturaleza: "Me gustaría ser sacerdote como tú."
Para mí este año sacerdotal es un año para renovar aquellos recuerdos que me empujaron, con fuerza, a decirle sí al Señor a pesar de mis fragilidades y miserias iMe fío de mi Padre Dios!
Xavier Romero
Presbítero del obispado de Solsona,
alumno de doctorado en teología catequética
en la Universidad Salesiana de Roma

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