4.7.11

El enigma del celibato


Arguments

La abstinencia es una decisión demasiado enigmática para una sociedad que se dice dispuesta a comprenderlo todo en ‘el’ campo de las variantes sexuales.
El periodista Ignacio Aréchaga publicó en Aceprensa un agudo artículo en el que analiza y desmonta las patrañas con que se ataca el celibato sacerdotal.
Algunas ideas del artículo:
      — La razón más profunda del celibato sacerdotal no se reduce a la mayor disponibilidad que permite.
      — Es más bien un testimonio cercano de que “sólo Dios basta” y por eso desconcierta y enfurece a los que pretenden borrar a Dios de la sociedad.
      — Dice Benedicto XVI: «para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no cuenta, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad».
      — Esta crítica permanente contra el celibato puede sorprender en un tiempo en el que se valora tanto la libertad de cada uno, también sobre su orientación sexual; y en un mundo en el que está cada vez más de moda no casarse.
      — Pero ese no casarse, por razones egoístas, no tiene nada que ver con el celibato.
      — Dice Benedicto XVI: «...el no casarse es algo fundamentalmente muy distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir sólo para uno mismo, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de mantener la vida en una plena autonomía en todo momento, decidir en todo momento qué hacer, qué tomar de la vida; y, por tanto, un "no" al vínculo, un "no" a lo definitivo, un guardarse la vida sólo para sí mismos. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un "sí" definitivo, es un dejar que Dios nos tome de la mano, abandonarse en las manos del Señor, en su "yo", y, por tanto, es un acto de fidelidad y de confianza (…)».
      — Esta provocación del celibato por Dios es lo que molesta a los que desearían que el mensaje de la Iglesia se diluyera cada vez más conforme a los criterios de la sociedad del momento.
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El enigma del celibato

      Nuestra época, que autoriza todas las inclinaciones sexuales, se muestra extrañamente intolerante con el celibato sacerdotal. En un mundo en el que ya no hace falta militar a favor o en contra de tal o cual orientación amorosa, hay gente empeñada en acabar con el celibato de los clérigos como si pusiera en riesgo su propia libertad. Parece que la abstinencia es una decisión demasiado enigmática para una sociedad que se dice dispuesta a comprenderlo todo en el campo de las variantes sexuales.
      Como prohibirlo resultaría represivo, se dice que el celibato debería ser opcional. Lo cual no deja de ser un sinsentido. Uno puede estar a favor o en contra del celibato sacerdotal, pero declararlo opcional es una cortina de humo. El celibato es siempre opcional, pues a nadie se le obliga a ser clérigo o religioso, sino que uno se presenta como candidato a ese estilo de vida y es aceptado o no por la Iglesia. Y como tampoco nadie está obligado a casarse —sea laico o sacerdote, hombre o mujer, católico o  budista—, es dejar que el celibato sacerdotal sea opcional es lo mismo que suprimirlo, porque entonces el sacerdote queda en la misma situación que cualquier otra persona.
      Pero también habría que tener en cuenta que muchas otras personas se ven “obligadas” a vivir en situaciones similares al celibato, aunque no lo elijan. No todo el mundo vive emparejado. En España, según el Censo de Población y Viviendas de 2001 (el último disponible), el 22% de los hogares eran unipersonales o de un adulto solo con niños. Si excluimos los hogares unipersonales de los mayores de 65 años, todavía nos quedan el 12,7% de hogares (casi 1,8 millones de personas) donde no hay una pareja. Y dado el continuo aumento del número de rupturas matrimoniales (unas 120.000 por año), los hogares sin pareja habrán ido en aumento desde el censo de 2001. Frente a estas cifras de “desparejados”, los 20.000 curas y 56.000 religiosos y religiosas españoles son apenas una minoría.
      Evidentemente una cosa es vivir sin pareja y otra hacer voto de castidad. Pero, en conjunto, quienes están en esa situación es mucho más probable que duerman solos que acompañados.
Vidas con sentido
      Entonces, el celibato (sacerdotal o civil) no debería ser visto como un modo de vida extraño ni infructuoso. De hecho, para no pocas personas el celibato —elegido o aceptado— ha sido el modo de vida que les permitió desplegar potencialidades insospechadas.
      Y no solo en el celibato por motivos religiosos. La Primera Guerra Mundial hizo que 1,7 millones de británicas se quedaran sin coetáneos con los que casarse. Mujeres en plena juventud, que habían sido educadas para el matrimonio, y que tuvieron que rehacer sus vidas. Su reacción está magníficamente descrita en el libro de Virginia Nicholson, Ellas solas (cfr. Aceprensa 17-03-09). Esas mujeres que no pudieron casarse empezaron a hacer cosas insólitas en el ambiente victoriano: salieron a buscar trabajo; vivieron por su cuenta; trataron de ser financieramente independientes; pidieron el voto femenino; lucharon por los derechos de las trabajadoras; promovieron actividades culturales, eclesiales y benéficas… Supieron dar un sentido a su vida con un valor y una libertad que difícilmente les hubiera permitido el matrimonio de aquella época.
      Esa entrega a los demás es lo que todavía sorprende a nuestra sociedad cuando se encuentra ante la figura del misionero que no abandona su puesto en situaciones conflictivas, del cura que tiene un título universitario pero que opta por servir a una comunidad sin llegar ni a mileurista, o de una religiosa como la Madre Teresa de Calcuta que solo iba emparejada con alguna de sus monjas para salir a cuidar a los pobres. Si tuvieran una familia propia, nada de eso sería posible.
      Y sin necesidad de recurrir a dedicaciones excepcionales, todos sabemos lo que supone en muchas familias la presencia de esa tía/o soltera, que tiene su propia vida, pero también está dispuesta a echar una mano, a suavizar tensiones, a mediar en conflictos y a orientar a los más jóvenes.
      Lo importante, tanto en el celibato sacerdotal como en el civil, es el sentido que uno da a su vida. Ciertamente, nadie va al seminario solo con el propósito de vivir el celibato. Esa renuncia, que sin duda lo es, está al servicio de una mayor libertad para amar a Jesucristo y servir a la Iglesia y a los fieles. La abstinencia de las relaciones sexuales tampoco supone que el sacerdote niegue su sexualidad, sino que la vive con libertad dentro de un estilo de vida que debe estar lleno de sentido trascendente.
      Cuando se pierde de vista este sentido, como sucede en amplios sectores de la sociedad actual, la opción del celibato resulta opaca. Se mira con escepticismo que Dios pueda llenar un corazón, y, en cambio, se piensa que una mujer lo colmaría por entero y para siempre; se habla del ideal del cura casado como si fuera a vivir en perpetua luna de miel y constituir la familia ejemplar que iluminaría a los fieles. Pero después del cura casado también podría venir el cura divorciado.
Un sí incondicional
      La razón más profunda del celibato sacerdotal no se reduce a la mayor disponibilidad que permite. Es un testimonio de que “sólo Dios basta”, y por eso desconcierta a quienes solo ven las cosas de tejas abajo. Benedicto XVI lo decía hace poco en la clausura del Año Sacerdotal: «para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad».
      También observaba que esta crítica permanente contra el celibato puede sorprender en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse. Pero este tipo de celibato no tiene mucho que ver con los motivos del celibato sacerdotal. «Este "celibato moderno" —decía Benedicto XVI— es un ‘no’ al vínculo, un ‘no’ a la definitividad, un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor». Por eso tan radical es hoy el celibato por motivos religiosos como el matrimonio entendido como una unión indisoluble, por encima de las contingencias de la vida y de altibajos de los sentimientos.
      Esta provocación del celibato por Dios es lo que molesta a los que desearían que el mensaje de la Iglesia se diluyera cada vez más conforme a los criterios de la sociedad del momento. Nietzsche lo observó con agudeza, para combatirlo: «Lutero devolvió al sacerdote la relación sexual con la mujer, pero tres cuartos de la veneración de que es capaz el pueblo se basa en la creencia de que un hombre excepcional en este punto lo será también en otros puntos. Y aquí tiene la fe del pueblo en algo sobrehumano en el hombre, su abogado más sutil y capcioso»[1].
      Pero lo excepcional no está en el hombre, como se pone también de manifiesto en los casos en que el sacerdote falla. Lo extraordinario es que sigue habiendo candidatos dispuestos a ese "sí" definitivo. Nuestra sociedad, tan celosa del "libre desarrollo de la personalidad", debería respetarlo

Ignacio Aréchaga

    [1] Fr. Nietzsche, Die fröhliche Wissenschaft, Leipzig, 1887, p. 295. Citado por Juan Bautista Torelló en "El celibato sacerdotal", EUNSA, Pamplona (2010) pg. 205.

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